En el sábado pasado visité la casa de mis tíos, primos de mi papa. En esa familia de tres hermanos, se incluye el amigo acerca de quien escribí esta nota. Así que finalmente, si se hizo realidad el temor al que le huía, ahora tengo familia y hay que compartir fiestas familiares con ellos.
El jueves por la mañana (día de descanso), vino mi tía a visitar - alguien a quien no veía hace unos 10 años -, con el único propósito de invitarnos a su casa al sábado siguiente, pues su hermano vendría desde Atlanta a visitar, y quería ver a la esposa e hijos de su difunto primo.
Esa era una invitación que mi tía gentilmente dejo abierta para rechazar. Conforme se acercaba el sábado, empece a sentir ese calmado y silencioso temor, al tener que decidir si asistir o no.