Sin embargo, preparando una prédica encontré en un libro de Craig Nakken una descripción de cómo el trance que provoca el pecado sexual, intenta sustituir a la presencia de Dios.
Es útil comprender que ese estado de intoxicación -el estado de ánimo que viene con el ritual adictivo- es similar a un estado de trance, un estado de flotar, fantasear y separarse del mundo; se puede vivir en dos mundos a la vez, flotando entre el mundo de la adicción y el mundo real sin que otros se den cuenta. Especialmente cuando se trata de un orgasmo, el trance le permite a uno separarse del dolor, la culpa y la vergüenza que sufre, de manera que la posibilidad de repetirlo se vuelve muy atractiva.