El martes de esta semana un amigo me invitó a enseñar en el grupo de jóvenes adultos de mi iglesia, acerca del principio de la entrega de cuentas.
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Es un grupo de unos 12 hombres, casi todos más jóvenes que yo. Cuando pensé en aceptar la invitación, supe también que enfrentaría mi miedo a sentirme un adolescente inapropriado y amanerado entre 12 compañeros de colegio. Una imagen irreal, pero un temor muy real para mí. 12 tipos viéndome fijamente y evaluando lo que tenía que decir.
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El inicio de mi charla costó que despegara, y tuve que tomar todas mis fuerzas disponibles para guardar la serenidad, y recordarme que podía liderar la situación.
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La manera más apropiada que se me ocurrió para hablar del tema fue intercalar mi testimonios con algunos puntos de instrucción.
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Hablar del tema significa para mí ser explícito en mi constante lucha contra la msturbación, contra la glotonería, y en general acerca de mis temores, errores y aprendizaje al entregar cuentas.
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Esa noche fue una mezcla de mi asombro al ver a la vez el asombro de los que me escuchaban, de una victoria sobre mi miedo al hablarle con autoridad a otros hombres, y de flexibilidad de mi estilo de comunicación, especialmente cuando hay que aprovechar y reencauzar las (muy buenas) bromas del grupo acerca de los temas de sexualidad que estábamos tratando.
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Pero sobre todo, fue una noche para sorprenderme a mí mismo hablando y enseñando a otros hombres jóvenes acerca de valores de hombría que manifiesto y que sigo aprendiendo. Hago una pausa para enfatizar la ironía: yo, un hombre que antes estaba atrapado en una confusión homosexual, ahora enseñando a otros a adquirir hombría.
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Esta fue una experiencia que sobrepasa la capacidad de describirla con palabras. Pasé de ser un adolescente asustado de regreso en el salón de clases, a sentirme en la piel de un hombre formado ya en buena parte, sintiendo a pleno la masculinidad,
el espíritu de grupo y el sentido de autoridad y pertenecia, al vivir con propósito instruyendo a otros para experimentar el afecto paternal en las luchas contra el pecado.
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Sé que esta es una manifestación del Espíritu Santo actuando, afirmándome, dándome influencia e incluso modificando cada vez más mi forma de hablar y mi lenguaje corporal para hacerme menos profesional y más bromista, más masculino, más joven. Esto es tan genial.