martes, 11 de noviembre de 2008

Soy el orgullo de un gran hombre, ¡whoa!

Este fin de semana estuve de retiro, como es mi tendencia, estaba enfocado en la tarea, y no en las relaciones ni en encontrar al Señor. Recordándome a mí mismo que es un rasgo de liderazgo el disfrutar del trabajo, empecé a enfocarme en lo que había para que yo recibiera.
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En la noche del sábado, tuvimos un momento que es una tradición en este grupo; cada miembro recibe una candela (vela), y nuestro pastor prende la mecha de cada uno con el fuego que el mismo ha prendido en su propia candela. El momento es propicio para que cada uno de nosotros entregue cuentas acerca de los estorbos que debe dejar para brillar al máximo en el trabajo que viene para las próximas semanas.
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Me hice de un lugar para pasar al frente a entregar cuentas; sin embargo había para mí más de lo que esperaba, pues mi pastor no me dejó empezar a hablar, sino que empezó a darme una validación paternal que nunca esperé (y disfruto cada frase, con todo el valor que para mí representa):
Como dijo Pablo a los Tesalonicenses, tú eres mi corona. Eres mi alegría y mi gozo por que eres parte de mi equipo. Y a veces me glorío por tenerte. Deseo que uses todo el talento que tienes sin límite, ahora y después de que yo me haya ido, porque tengo esperanza en el liderazgo que vas a tomar después de mí.
Estas palabras marcaron una diferencia en la forma en la que me estaba comportando antes y después. Fue notable como pude manejar la ansiedad y asumir liderazgo, atención y corrección con el equipo con el que colaboro. Comprendo que este es un regalo de Dios mismo, haciéndome sentir hijo, con un espíritu de adopción que me hace seguro y me hace llamarle ¡papá!

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