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domingo, 28 de noviembre de 2010

Ayer hubiera sido el cumpleaños de mi papá

No tuve una celebración especial preparada, pero celebro vivir hoy en reconciliación con él, honrando su memoria y los mejores rasgos de carácter que pudo dejarme. HBD papá. :)

martes, 2 de noviembre de 2010

Diferencias entre Confesión y Entrega de Cuentas

Este fin de semana, nuestro pastor, el líder del ministerio nos enseñó en la reunión mensual que tenemos como equipo, acerca de la entrega de cuentas.

Aunque este es un principio que todos los miembros de su equipo conocemos, la cantidad de libros específicos que usó y sus preguntas (siempre) incómodas me han hecho pensar mucho en la profundidad y alcance de la manera en que yo vivo la entrega de cuentas.

Uno de mis compañeros comentó que ya no hallaba la diferencia entre este principio y la confesión. Desde entonces tuve en mente hacer algo de investigación, y publicar las diferencias que encuentro.

Primero, entiendo que la confesión es un acto posterior a haber cometido pecado, a haber ejecutado una acción que transgrede los límites, y que ofende la naturaleza de Dios. Ejemplos de pecado sexual que necesita ser confesado son la masturbación, la fornicación (relaciones sexuales de cualquier tipo, antes o fuera del matrimonio), el abuso sexual, ver pornografía, etc.

La confesión es para reconciliación con Dios, pues el pecado nos separa de Él. Es reconocer públicamente ante Dios y ante otros que hemos escogido, cometido y terminado acciones ofensivas contra Su naturaleza, en nuestra vida sexual.

La relación es directa: cuando existe el pecado, hay separación de Dios, es necesario un pago con la muerte, y por tanto es necesaria la confesión para reconciliación con Él, pues el pecado ha traído muerte espiritual. Inlcuye darle la espalda al pecado, y marchar en la dirección espiritual contraria, hacia la santidad. Confesión no solo significa decir mis pecados, sino expresar verbalmente la necesidad de perdón, y a Cristo como Salvador.

Por otra parte, la entrega de cuentas (accountability) es también un término administrativo y contable, el acto de ser evaluado, probado o juzgado por Dios mismo y por otros, por la manera en que uno administra su vida. A mi parecer, la entrega de cuentas no es siempre por haber cometido pecado. Uno puede ser auditado o probado por sus palabras, por la administración del dinero y recursos, por la gente que espiritualmente está a cargo de uno, y en nuestro caso como ministerio, por la forma en la que uno maneja o administra su pureza sexual.

El resultado de la entrega de cuentas puede ser entonces favorable o desfavorable. Por ejemplo, con respecto a la administración del dinero o de mi tiempo, pueden encontrarme faltante o eficiente. Lo mismo sucede con mi pureza sexual, puedo entregar cuentas de haber sido buen administrador de lo que veo, de mis relaciones sentimentales, y de la vida devocional que da soporte a mi pureza, o al entregar cuentas puedo hacer evidente que no fui un buen administrador de mi entretenimiento, de mis manos, de mis pensamientos, o de mis hábitos en general.

Creo precisamente que es una falsedad acerca de la entrega de cuentas, pensar que debemos hacerlo sólo cuando ya estamos en problemas, o sólo acerca de lo malo que sucede en nuestra vida. Entregamos cuentas acerca de nuestros hábitos, nuestros pensamientos, nuestras intenciones, nuestras acciones con respecto a la pureza sexual. Lo bueno y lo malo. Uno puede rendir cuentas acerca de cómo maneja la tentación sexual cuando aparece, sin que haya sido consumado el pecado.

Confesión es acerca de acciones para hacer público un pecado y reconciliarnos con Dios. Entrega de cuentas es acerca de sistemas y estructuras en las que uno se inserta para tener un estilo de vida más íntegro. Estas sistemas incluyen software como filtros de internet que envíen un reporte constante de lo que estás viendo en la web, o estructuras como un grupo de personas que te hagan pasar por esas evaluaciones y pruebas.

La confesión se hace en pocos minutos, es a corto plazo, y lo que se necesita es verbalizar o escribir la falta, y expresar, buscar arrepentimiento. La entrega de cuentas es a largo plazo, de tal manera que uno resulta trabajando en mejorar como administra un pensamiento, un hábito o el cambio de un rasgo de carácter, no una vez, sino repetidas veces durante meses o años, buscando siempre mejorar.

El objetivo de la confesión es hallar perdón y reconciliación con los hombres y con Dios. El objetivo de la entrega de cuentas es exponerse a una consecuencia positiva o negativa. Pero en este caso debo ser claro, pues no practicamos el castigo o recompensa de la manera como la religión católica lo haría, asignando una penitencia o una absolución. La entrega de cuentas no es penitencial, y hay quienes la practican imponiendo castigos, tal vez de manera inocente, pero errónea, del tipo "si viste pornografía esta semana, te toca lavar todos los autos del grupo de jóvenes."

Las consecuencias del vivir en entrega de cuentas son intrínsecas, individuales, interiores y de carácter espiritual. El no abandonar hábitos defectuosos, o esconder pensamientos pecaminosos, retrasa e impide una vida con propósito, y trae el dolor emocional de vivir victorias a medias, de soportar uno su propio carácter no transformado y el peligro de abandonar la vida en Cristo.

Terminando de listar algunas de las diferencias que encuentro, completo esta nota señalando que también la confesión y la entrega de cuentas comparten similitudes: Ambas son intencionales, ambas incluyen expresarse verbalmente o por escrito, y ambas incluyen mejora continua. Si estos principios se convierten en rutina y al pasar el tiempo uno sigue en el mismo lugar, confesando los mismos pecados y deficiencias una y otra vez, en realidad no está viviendo tales con intención.

lunes, 25 de octubre de 2010

Malo

Tengo una palabra en mente desde hace muchos días. "Malo".

Malo...

Duele como una herida fresca. He preferido escribirlo para procesarlo, por que al verlo en letras el dolor adquiere un rumbo y un orden. Olvidé ya hace mucho el nombre que se le da a esas palabras que tienen el poder de desencadenar un estado emocional completo como consecuencia de trauma del pasado. Y es que "malo" me ha hecho recordar que la peor golpiza que mi papá me dio de niño fue porque en defensa propia, mi mamá le insultó de esa manera.

Saco esto de la manera más escueta posible, para no caer en mal gusto. Pero escribirlo me hace ver que este tipo de contradicciones en mi mente infantil me hizo adoptar (incluso sin mi conocimiento consciente) conductas para manipular a la gente que amo, haciéndoles creer que el dolor infligido es de hecho su culpa por haber evidenciado mi maldad, en lugar de tomar responsabilidad por el cambio urgente.

Esa es la manera en la que mi papá actuaba. Y aunque no sé aún en qué medida proyecto o proyectaba yo hacia otros esas mismas conductas, si sé que la victimización se volvió uno de mis juegos, de mis mecanismos de defensa favoritos.

Cuando un agresor en el colegio me insultaba, o cuando era objeto de burlas, tendía a manifestar como víctima, acuerdo con las palabras de insulto, como si eso me diera poder sobre el agresor, como si esperara inspirar lástima para evitar el dolor. Qué manera tan torcida para un niño de enfrentar la violencia, de catalogar los adjetivos y de verse a sí mismo y a su papá. Recuerdo que en esa ocasión, tuvimos que pedirle perdón y afirmarle varias veces que en realidad no era un hombre malo (después de la golpiza).

Y todo esto salió a luz la semana pasada, cuando mi novia me dijo "que malo sos." Sé que es un comentario inocente, pero se sintió como un agudo dolor en el centro del pecho.

Pero este post marca la etapa de mi vida en la que aprendo que no fui responsable por la forma en la que mi papá se veía a sí mismo. No fui responsable por el ambiente de mi casa, no era necesario que yo me moviera con sigilo esperando que no se sintiera un hombre 'malo'. Él fue responsable por ello, y en la ley justa de Dios, obtuvo en su vida las consecuencias de sus actos, y será juzgado según sus estándares y no los míos.

Del dolor que produce este recuerdo también saco la misma intensidad, la misma pasión que me hace comprometerme a verme a mí mismo de manera distinta. Esa fuerza me hace reforzar mi decisión de no ser un hombre malo para los míos.

Y sé que puedo imprimirle un sentido de promesa y certeza a esta nota, primero por que la enseñanza de Dios como Padre ha sido tan real, que ya puedo verme a mí mismo como esposo y padre, ya veo fluir en mis brazos y en mi mente una actitud de familia, aún siendo soltero. Así de tierno y cariñoso ha sido Él con su afecto y corrección para transformarme. Y sé que puedo hacerlo porque vivo inserto en una comunidad de hombres con quienes entrego cuentas, y que son modelos intencionales para mi actuar.

Y sé que puedo enfrentar esta mentira cada vez que aparezca en mi mente, con pensamientos mejores y con fruto más abundante. Confieso que más que mi propia bondad, soy un hombre justificado. Confieso que si vivo en integridad criaré a mis hijos con una personalidad confiada. Y me repetiré constantemente que Su Espíritu que vive en mí da fruto de bondad. ¡Su Palabra limpia y cambian cualquier mentira y conducta que yo haya vivido hasta ahora!


lunes, 3 de mayo de 2010

¿Es el orgullo lo que encamina hacia los deseos homosexuales?

Escribo esta nota con carácter reflexivo, consciente de que la homosexualidad es un tema complejo que tiene causas enraizadas en factores como el abuso, la crianza infantil, y las deficiencias emocionales. Pero espero que esta nota agregue valor a la discusión, pues tiene mucho sentido según lo que he experimentado en mis luchas y en mi sanidad.

Nuestra Biblia, en el primer capítulo de Romanos, explica la naturaleza del pecado y nuestra necesidad de redención. Pero hace pocos días, en la segunda parte del capítulo saltó a mi vista un concepto clave: un corazón oscurecido con el orgullo, cambia la adoración de Dios por la adoración a otras personas del mismo sexo.

Te invito a leer conmigo:
21 A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón.22 Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios23 y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles.
Yo puedo identificarme con esos inútiles razonamientos, con ese olvido de Dios que comenta el apóstol Pablo. Yo sé que para compensar muchas carencias afectivas en mi vida, aprendí a considerarme superior a otros. Y sé que alrededor de los tiempos en los que más me hundí en pecado sexual, fueron también aquellos en los que estuve más lejos de Dios, y me creía superior a sus mandamientos.
24 Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. 25 Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén.
En algún momento de este camino de restauración, aprendí que las atracciones homosexuales eran idolatría hacia los hombres (no solo como género humano, sino en una forma sexualizada, siendo atraído). Mi adicción a la pornografía gay era una servidumbre cruel, dándole al hábito mi tiempo, mis mejores horas, mi dinero y mi energía.
26 Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza.27 Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión. 28 Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer.
Y al encadenar esta secuencia, me doy cuenta de que mis defensas me ayudaron a crear un orgullo gigantesco, monstruoso. Creí que la soberanía y la autoridad de Dios se aplicaban a los seres sencillos, pero no a mí; creí que yo estaba extento de cumplir sus normas de santidad, aunque siempre me fueron inculcadas en casa.

Mi orgullo me hizo creer que tenía autoridad y propiedad sobre el cuerpo y emociones de otro hombre; me permitía trivializar y justificar el pecado de homosexualidad en mi vida y exagerarlo al verlo en otros, pues creía ser el dueño de las normas morales y su aplicación, y así me entregué a la adoración y servicio del pecado. Y cómo dice el verso 28, al no creer que valiera la pena el conocimiento de Dios, Él me permitió entregarme a la depravación que yo había escogido.

Hoy, algunos años después, me he dedicado a ayudar a otros hombres que están saliendo de la homosexualidad, y he visto mis antiguas conductas y actitudes reflejadas en ellos: las muchas explicaciones de por que la homosexualidad no debería ser un pecado; el ácido sarcasmo para herir a otros, con aires de superioridad; la exigencia de un 'trato especial' en el ministerio; la demanda de atención inmediata; la justificación de las recaídas, la actitud defensiva, y la negación a asumir responsabilidades por el cambio.

Yo lo reconozco, yo mostraba todo esto; por eso lo puedo identificar. Y estoy consciente de que el cambio en mi vida no empezó hasta que Dios me golpeó duramente en el orgullo (ni siquiera puedo decir que fue mi iniciativa, porque puse feroz resistencia a dejar el orgullo). Ser 'humilde' nunca fue algo a lo que aspiré, y solo utilizaba la falsa humildad para parecer piadoso y que me dejaran en paz.

Pero la humildad genuina y forzosa de Dios me obliga ahora a reconocer ante mis amigos y mis líderes, que estaba en pecado, y que no lo quería dejar. Me ayuda a hacer preguntas acerca de lo que significa tener una identidad masculina, y a pedir que me ayuden para restaurarla. Quitarme el disfraz del orgullo me hace ver que no necesito protegerme para no contar mi testimonio en público, y que los rasgos de una identidad masculina incluyen el perdón, la honestidad y la vulnerabilidad. Dejar el orgullo me está ayudando a seguir el liderazgo de un hombre mayor, y así encontrar restauración de la paternidad que me ha faltado.

Por estas experiencias, me he convencido de que sobre cualquier evento de crianza o decisión, es el orgullo la madre que concibe, da a luz y luego amamanta al pecado homosexual. Quiero escribir en otra ocasión un resumen de la forma en la que uno de mis mentores trabajó duramente en mi orgullo, y cómo podemos batallar contra este enemigo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mi amigo esta mejor.

Mi amigo está mejor. Hace unos días me llamó, y en el teléfono pude escuchar una voz más sincera, llena de la tranquilidad que viene de la aceptación de la responsabilidad por el pecado, y de un hombre que ha decidido buscar y aceptar ayuda.
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Él mismo fue quien me dijo,

Hoy no te voy a decir que estoy "bendecido", porque esa era la frase que usaba para fingir que todo estaba bien. Pero estoy mejor, llevo ya un mes y medio de pureza sexual, he estado en ministración con los pastores (amigos nuestros en común), y aunque no estoy en el punto de querar estar con una mujer pues no voy a fingir con vos tampoco que así es, sí he decidido que puedo y debo enfrentar las heridas que mi papá me ha hecho, para empezar a sanar y no seguir buscando en la homosexualidad como compensarlas.

Eso sí, sigo necesitando de tu intervención y tu consejo como amigo, que me han hecho mucha falta en estas semanas, así que te encargo por favor...

Wow. ¿Vos, pidiendo ayuda y reconociendo tus necesidades de restauración y tu responsabilidad?
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Definitivamente estás en buen camino.
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Y prometo esforzarme por intervenir en la forma en la que me pedís que lo haga.

jueves, 11 de marzo de 2010

Mi testimonio: Libre del abuso, y libre del rencor

Esta es la transcripción del testimonio que pude compartir en mi congregación el domingo pasado, para acompañar la prédica de mi pastor acerca del perdón. Él me pidió que terminara su enseñanza compartiendo lo que he vivido.
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Mi vida fue herida cuando yo era un niño muy pequeño. Mi propio papá, quien debió ser el encargado de amarme, de cuidarme y de mostrarme a Dios, lastimó mi vida con todas las clases de abuso que se puedan mencionar, durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia.

Ese abuso me enseñó a vivir con miedo permanente de mi padre, me hizo convivir con la violencia y con su drogadicción. Dañó terriblemente mi identidad como hombre y me impidió conocer el gozo y el amor de tener una familia verdadera. Nunca pude contárselo a nadie, y lo único que podía hacer para expresarlo a veces, era llorar en los momentos más inesperados.

Mi papá, al mismo tiempo que hacía esto en casa, servía como misionero en la comunidad donde vivíamos, y sus logros como ministro eran de alto impacto. Ese y otros factores empezaron a generar confusión y un odio mortal en su contra. Desde niño, fantaseaba con la venganza más terrible que pudiera imaginar, y con escapar del mundo donde vivía.

Estoy convencido de que por misericordia de Dios, Él se llevó a mi padre cuando yo tenía 12 años, en una sobredosis de drogas.

Nunca lloré realmente su muerte, pero desde entonces nunca pude liberarme del odio que sentía. Siendo ya un adulto, lo odiaba con más fuerzas, hasta que me dolía la cabeza, hasta perder el hilo de mis pensamientos. Me volví un hombre frío, despiadado con todos los que me rodeaban, y vivía consciente de que llevaba años sin reírme, y sin llorar, dispuesto a odiar y lastimar para nunca más ser lastimado, pero en realidad escondiendo un miedo a toda figura paternal, al futuro, y a la gente.

Hasta que un día me cansé de mi vida. Mi falta de perdón me hacía vivir una vida tan miserable que quise terminar con ella. Pero Dios tenía un mejor plan.
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Simplemente me harté. Llevaba casi 25 años en un estilo de vida de rencor, que no me había llevado a donde hubiera querido, y podría pasar 25 años más sin avanzar a ningún lugar, sin haber obtenido una venganza o una restitución real, y habiendo empeorado en mi estado emocional, mental, físico y espiritual.
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Con la ayuda de varios amigos, tuve que disponerme a rendirme, a dejar de buscar la venganza. Tuve que hacerme responsable de mis decisiones de perdón, a aferrarme a ellas, e incluso más allá, a disfrutar el proceso de restauración.
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Aprendí genuinamente a respetar a mi papá biológico, a honrar su legado como ministro y como médico, a bendecir a todos aquellos que siguen acercándose a mí a decirme "tu papá era un gran hombre de Dios, me llevó a conocer la salvación y desde entonces consagré mi vida al Reino". Ninguno de ellos tiene que soportar mi enojo, y cuentan ahora con mi auténtico gozo por sus vidas victoriosas.
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No me mantengo insistiendo en el abuso que sufrí. En este testimonio lo mencioné en un solo párrafo para hacer el contexto necesario de lo que la vida abundante significa para mí, y nunca excusaré ninguna de mis conductas deficientes ni mi temperamento en lo que me sucedió como niño. He prometido que viviré buscando la vida abundante que Dios ha predestinado para mí, y que no pasará una semana sin que yo haya avanzado. Estos cambios no han sucedido de la noche a la mañana, han sido cinco años largos desde entonces, pero no los cambiaría por nada.
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Aprendí que a algunos de nosotros, Cristo nos ha pedido llevar su cruz, y tomar el sacrificio máximo qué el hizo: Estar dispuestos a morir a nuestra reputación, al deseo de fama y a un nombre, para mostrar en carne propia lo que significa ser redimido.
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Al estar dispuesto a perder mi vida en Dios, la he hallado de nuevo. Perdí el deseo enfermo de vivir para demostrarle a mi papá que yo era el mejor en mi carrera, y tuve que perder la fuerza de la venganza que me hacía levantarme cada día; perdí mi identidad que se centraba en el rencor, he vivido quebrantado mucho tiempo, sin saber quien era, y he sido anuente a dejar ir mis tesoros como el disfrutar vivir como víctima, y sin hacerme responsable de mis actos. Verdaderamente al perder mi vida en el perdón, encontré una vida plena que ahora nunca cambiaría, y que de haber sabido que existía, me hubiera dispuesto a vivirla mucho antes.
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Hoy, invito a ustedes que me están escuchando, a que se apropien de una frase que yo hice mía cuando empecé este proceso: "No pasaré un día más viviendo en rencor". Hoy es el día, antes que caiga la noche, en el que cada uno de nosotros puede hacer algo por perdonar.
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Gracias por escucharme.

sábado, 30 de enero de 2010

Una derrota para el bando de los buenos

Entonces este amigo y yo salimos a almorzar. "Tengo algo que contarte", me dijo. Ya sentados en la mesa, empezó una narración que poco a poco me fue hundiendo en un pozo de incredulidad: "Conocí a alguien, me provee emocionalmente lo que siempre quise, y creo que podríamos tener una relación de por vida. Él tiene algunos años más que yo, y ya se lo presenté a mis papás y a mis amigos, y ya conozco a la familia de él. Llevamos dos semanas juntos. ¿Sabés? No puedo luchar más contra la homosexualidad, y he decidido ser lo que siempre he sido".
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Extrañamente, no suelo mostrar mayores reacciones cuando algo así sucede. Pero al llegar a mi casa, varias horas después, esta confesión me pegó como una patada de caballo en la cara. El frío de esta confesión empezó a llenarme, junto con un sentimiento de abandono... ¿cómo pudo pasar esto? ¿Desde cuando empezó a germinar esta semilla en su corazón?
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He tenido que admitirlo, que mi corazón ha llorado esto como una pérdida. Es como tener a un compañero de batalla que se ha rendido por completo. Y tenía que echarlo a perder EN GRANDE, nada menos que con un "noviazgo" gay. Tuve esa sensación, esa idea de "victoria del diablo". Llamé a algunos amigos, necesitaba contarles, y lloramos juntos. Algunos de ellos también me dijeron "Ya lo veía venir, e intenté prevenirlo".
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Y en medio de lo mucho que duele, entiendo que sí era muy previsible. Nada de mentiras como "así nací, así soy". Esto se empezó a cocinar hace varios meses.
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Mi amigo dejó de ser totalmente honesto al rendir cuentas de sus atracciones. Ya habíamos hablado de como la relación con su papá necesitaba repararse a través del perdón, y como debía buscar maneras sanas de llenar ese vacío. Empezó a crear máscaras para que otros pensaran que todo estaba muy bien en su vida. Empezó a frecuentar de nuevo a sus amistades liberales.
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Y entonces, el enemigo presenta la ocasión, en la sus amigos le presentan a otros amigos, de tal manera que conoce a un hombre que le promete una relación de afecto (¿paterno?) -algo que siempre deseó, y sin importar el precio del pecado sexual, lo aceptó.
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Sheesh... a mí me ha tocado dejar a un lado el dolor, y extender toda la compasión que conozco y más allá, para él. He hecho lo mejor que puedo para estar en contacto, apoyándolo y manifestándole que mi amistad sigue en pie. Y ahora, es más sólida que antes.
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Pero explícitamente, le he dicho que no estoy de acuerdo con sus decisiones, y que sé que hay un propósito de vida mejor que el que ha abrazado. Confío en que va a estar bien; sé que va a estar bien. Debido a algunas crisis recientes que ha atravesado, ha decidido evaluar lo que está haciendo. Ha dejado muchas de sus máscaras, y a ha decidido buscar ayuda. Está entregando cuentas muy honestas, y con fidelidad. Y gracias a Dios, ambos hemos podido hablar de este tema con mayor apertura, y sin prejuicios. Aquel se ha sorprendido al hallar compasión en los miembros de la iglesia a la que asiste.
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Sé que en el plan de Dios, todo está tomando forma (no sé que forma), y todo va a estar BIEN.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Fantasma de una relación gay pasada

En las últimas semanas, he tenido que compartir vida con el tipo con quien estaba obsesionado (otra vez, aún no sé como llamar a esa relación de falso enamoramiento),
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Por razones fuera de mi control, seguimos coincidiendo en espacios y eventos.
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Sin embargo, he entendido que no puedo seguirle huyendo, por haberlo eliminado de mi vida. Si lo veo en un grupo de amigos, yo tengo que limitarme de hablarle y de compartir con ese grupo. Si él entra por una puerta, yo tengo que hacer tiempo para no toparnos, etc. Pero eso se me hace como huir, y no es parte de mi hombría, y ya me cansé.
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Esta reflexión me ha servido para reencauzar mi forma de pensar y mis acciones. Puedo llegar y saludarlo con un apretón de manos, y ser cordial; puedo llegar a un grupo donde él esté platicando, e interactuar sin necesidad de caer en intimidad emocional con él; puedo darle instrucciones (en cierta medida, estoy facultado para hacerlo), y guiarlo a que las cumpla, todo con límites, y rindiendo cuentas a mis compañeros de responsabilidad, pues ellos saben en qué días voy a coincidir con él, y me conocen como para saber si estoy cruzando mis márgenes. Y además, ya pasé por la etapa necesaria de perdón por tantas cosas que pasaron entre él y yo, así que es momento de voltear la página.
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Algún propósito ha de haber en esto, y ya me convencí que no puedo encerrarme en mi casa para no exponerme, ni puedo dejar de vivir una vida plena por causa de mi pasado, y que la templanza, la capacidad de liderar incluso a este tipo de personas, es por ahora algo que puedo y debo cultivar. Seguiré escribiendo al respecto...